Hoy he vuelto de la universidad, de una clase que se me había hecho larga, de hecho, fue larga. Estaba cansado y empezaba a agobiarme por la cercanía de los próximos exámenes. Tenía cierta prisa por llegar a casa y ¡vaya! He cogido prácticamente todos los semáforos en verde (uno en rojo pero me lo he saltado un poco…)
Y joder, después de una tarde coñazo en la que te das cuenta de que una vez más, el toro de los exámenes te pilla, las clases siguen sin motivar mi escasa vocación de arquitecto y sigo sin encontrar trabajo (ni siquiera de algo indecente) resulta que llego con una sonrisa en la cara sólo por que he cogido todos los semáforos en verde.
Entonces me he parado a pensar…¿cómo la cosa menos importante del día puede cambiar mi estado de ánimo? Un estado de ánimo labrado con ahínco por situaciones…ok, no horribles pero notoriamente más importantes que la última. ¿Será cierto eso de que la felicidad (aunque breve o absurda) se hace de insignificantes momentos? Evidentemente la respuesta, como casi todo en esta vida, es ambigua, gris, no se moja ni da una “RESPUESTA” en mayúsculas: la felicidad es una mezcla con las cosas importantes de la vida y de las insignificantes. Pero sinceramente, para lo que me apetece escribir ahora, esto último me la trae floja.
Me apetece escribir de esas cosas que te pasan por sorpresa un día y te lo alegran a pesar de que tu novia te haya dejado, o no tengas ahorros, o te hayan pencado Construcción 1 o 2 o todas!
Por ejemplo, vas en el autobús y te sientas solo en un asiento doble y en la siguiente parada entran un viejo tosiendo como si se fuera a morir ahí mismo (que puede ser y que normalmente se sienta a tu lado) y una chica guapísima. Cuando digo guapísima no me refiero a una tia buenorra, no, por que a esas da más palo mirar, sino a una chica con una cara que si fuera a tu clase te sentarías detrás de ella en ángulo para poder embobarte mirandola (a la cara!!!!) por que te encánta. Pues esta vez se sienta la chica a tu lado. Y por supuesto solo te sonríe una vez como pidiendo permiso para sentarse. Y por supuesto que no te va a decir “hola, me llamo Sara ¿vas al poli?” ni “ola, mi guiamo Katrin, estoi Erasmus i sioi siola i tristie”, pero a ti te da igual por que se ha sentado a tu lado y ya está.
Otra situación es la de los semáforos que he comentado al principio. Todos los días intentas hacer slalom entre los coches (con más o menos seguridad dependiendo del día que llevas) y por supuesto te pones en el carril de la izquierda de la avenida a pesar de que sabes que esos de delante van a girar pronto a la izquierda y van a cerrarte el paso y se va a hacer cola, y los del centro no te van a dejar pasar en la vida y te comes 2 veces ese semáforo (esto se triplica si llueve) y piensas por qué haces siempre la misma cagada. Pero hay un día en el que no pillas semáforos, nadie va a donde tú quieres ir y todo se va poniendo de luz verde mientras tú avanzas sólo y con una canción que te gusta en la radio. Hasta cuando haces un giro, lo haces justo cuando el semáforo se pone en ambar y tachán! El otro se pone verde. Ahí siempre piensas: oleeeee!
Otro clásico de la felicidad efímera es el billete en un bolsillo de la chaqueta que menos usas. Aunque séa de 5 ya te deja buen sabor de boca.
Pero para mí, el mejor de todos, el incomparable que te hace tocar el cielo por unos instantes (no, no me refiero al orgasmo, eso va en la otra lista) es el despertarte por la mañana sin que haya sonado la alarma, mirar el reloj y ver que tienes 10 minutos más para dormir.
Si existiera una fórmula para medir la felicidad, estoy seguro de que muchos de los elementos serían pequeñas chorraditas como éstas.
¡¡Abrazos y besacos a todos!!
S a l v a
Pd: se admiten aportaciones con las pequeñas chorraditas que os hacen felices a vosotros. Las de alguno que otro ya me las imagino…
